Todo empieza por el pudor.
Tengo que reconocer que siento pudor al sacarme un selfie en solitario. Me cuesta horrores compartir redes sociales con una oleada de nuevas generaciones n…
Tengo que reconocer que siento pudor al sacarme un selfie en solitario. Me cuesta horrores compartir redes sociales con una oleada de nuevas generaciones narcisistas: criaturas nacidas detrás de un selfie, a las que les resulta más fácil grabar un video de sí mismas que escribir una historia sobre terceros. La inquisición moderna es la que uno mismo se impone. Ya sea porque se pretende agradar a una masa enfurecida de ofendidos, o porque se busca satisfacer a un todopoderoso ego. Vivimos en una era de libertad en la que incluso quienes odian pueden hacer uso de ella.
Los que venden libertad a cambio de odio hacia lo diferente, solo hacen negocio con las emociones. Los que promueven el progreso como exaltación de las diferencias también se lucran con las emociones. Es incómodo convivir con lo diferente, y todo se reduce a educación para compartir.
La convivencia se construye sobre la sólida base de la aceptación y la compasión. Aceptación de lo diferente y una pasión compartida por el proceso de normalizar la pérdida hegemónica de un espacio que ya nunca será disfrutado en la soledad de los tuyos. Convivir es aprender a compartir sin derechos previos ni privilegios preexistentes. Y no es fácil. Y en la confianza de que juntos se llega más lejos, está el secreto de la convivencia.
Las etapas de cambio son tan difíciles porque rara vez los nuevos invitan, desde lo más profundo de su corazón, a celebrar y respetar la obra de quienes les precedieron. Siempre ofrecen dádivas dialécticas a su turba de seguidores: alpiste para las masas. Rara vez hay una llamada a la calma o a la humildad, mucho menos al amor universal, y casi nunca una tímida oda a la aceptación del otro como legítimo otro.
Despedirse con elegancia o aterrizar con humildad es propio de una raza de líderes que hace tiempo escasea. Si dejáramos de lado nuestras afinidades y consagráramos la conversación a un conjunto básico de acuerdos o mínimos compartidos, la convivencia sería mucho más sencilla. Una lista de mínimos que, como en el caso de la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH), ya fue consagrada hace décadas. Sin embargo, hoy resulta casi imposible conciliar diferencias debido al envenenamiento continuo al que hemos sido sometidos por las redes sociales, los algoritmos tiránicos, la burbuja de filtro y el eco rancio que resuena en la habitación cerrada de nuestra propia ideología.
Bastaría con empezar a convivir, aunque sea solo en el ámbito mental. Bastaría con decirnos a nosotros mismos, cada vez que sentimos rabia ante una opinión ajena: "Aún estoy en desacuerdo. Y dame tiempo para asimilarlo".
"Aún estoy en desacuerdo. Y dame tiempo para asimilarlo".
En una conversación nunca debe haber ganadores ni perdedores. Eso pertenece a los juegos y la competición. Hemos dejado de jugar, pero no dejamos de competir. Hemos dejado de hablar, pero no paramos de discutir.
Aceptar la diferencia empieza por el mínimo interno de la celebración del adagio del sabio. Y desde el saber que nada se, todo queda por aprender. Incluso del diferente.
Confiar en la riqueza oculta en la diferencia, es un ejercicio de tolerancia. Cuando crezcamos hacia dentro en la tolerancia por lo diferente, entonces, y solo entonces estaremos preparados para conversar hacia fuera. Queda mucho trabajo por hacer hacia dentro antes de obtener la mayoría de edad para mostrarnos hacia fuera. Y sí, esto versa sobre el pudor. Hay que recuperar el pudor dialéctico antes de estar preparado para convivir. Y puede que no estés de acuerdo. Y date tiempo para asimilarlo.
Nos abrieron una ventana al mundo desde la que cualquiera se podía asomar y hablar e incluso vociferar. Y quizás toca recuperar el pudor antes incluso de atreverse a alzar la voz. La conversación nunca perteneció a los que más alto hablaban, sino a los que más en silencio escuchaban. Incluso en la escucha, algunos reclaman está la parte más activa del lenguaje. Toca recuperar el coraje de escuchar y el pudor por gritar.
Y dame tiempo para asimilarlo.
El autor
Bernardo Crespo
Advisor C-suite en IA, datos y estrategia. CEO de Quantum Markethink y Director Académico en IE. Ayuda a comités de dirección a decidir con criterio en la era de la IA.
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