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Liderazgo

Once segundos

3 min de lecturaActualizado el 17 de octubre de 2026

El asfalto quemaba bajo las suelas de carbono, no por el sol de la mañana, sino por la fricción de una velocidad que la anatomía humana no estaba diseñada para soportar durante cuarenta y dos kilómetros. Yomif Kejelcha sentía el sabor metálico de la sangre en el fondo de la garganta. Cada inhalación era una cuchilla; cada zancada, un salto al vacío.
Frente a él, el arco de meta se alzaba como un espejismo. Y sobre el arco, el reloj digital parpadeaba en verde brillante, escupiendo una cifra que pertenecía a la ciencia ficción.

Durante décadas, la barrera de las dos horas en un maratón oficial fue el muro infranqueable del atletismo. Un territorio prohibido, reservado para experimentos de laboratorio con liebres rotativas, coches con láseres y circuitos cerrados. Pero esto era real. Era una carrera oficial. El viento soplaba de cara, las curvas mordían los tobillos y el dolor era legítimo.

Yomif había entregado su alma en cada parcial. Conocía esa agonía; la había vivido años atrás en Valencia al destrozar el récord del medio maratón bajo la lluvia. Había moldeado su cuerpo espigado de pistard etíope para este único propósito: ser el primer ser humano en mirar el cronómetro al cruzar la línea y ver un uno al principio.

Sabastian Sawe.

El problema iba vestido con otra camiseta y corría apenas unos metros por delante: Sabastian Sawe.


A falta de dos kilómetros, cuando el ácido láctico ya inundaba las fibras musculares hasta volverlas de plomo, el keniano había cambiado el ritmo. No fue un ataque violento, sino un deslizamiento silencioso, implacable y cruel. Yomif intentó responder. Su mente dio la orden, su corazón bombeó al límite del colapso, pero sus piernas solo pudieron mantener la velocidad de crucero, incapaces de cerrar la brecha.

1:59:41 - 1:59:30 = 00:00:11

Vio a Sawe cruzar la cinta. Vio cómo los brazos del keniano se alzaban al cielo mientras el cronómetro se detenía en un imposible 1:59:30. El rugido del público fue un tsunami acústico que celebró el alunizaje del deporte moderno. El hombre había pisado la luna.
Yomif apretó los dientes, ciego por el sudor, y cruzó la línea un suspiro después.
Miró hacia arriba. 1:59:41.

Se desplomó de rodillas sobre el pavimento, con el pecho agitándose como el de un ave herida. Había corrido cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros en menos de dos horas. Había derribado el muro mítico. En cualquier otro día de la historia de la humanidad, desde Filípides hasta esa misma mañana, su tiempo habría sido proclamado el mayor milagro de la resistencia física.

Pero a cinco metros de él, los fotógrafos formaban un enjambre compacto, una muralla de lentes y micrófonos que le daba la espalda. Todos apuntaban a Sawe.
Yomif cerró los ojos y dejó caer la frente contra el suelo frío. Había conquistado la inmortalidad, solo para descubrir que ya tenía dueño. Siempre sería el segundo hombre de la historia en bajar de las dos horas en la mítica carrera desde la playa de Maratón hasta Atenas. ¿Un etíope con piel de persa o el primer ser humano que bajó de las dos horas en su primer intento de maratón?

Once segundos. El tiempo que tarda en caer una hoja, el espacio de dos respiraciones profundas; la distancia exacta entre ser una leyenda eterna o simplemente una nota a pie de página en la victoria de otro.

Todo depende que quién cuente relato.



Nota: [Este artículo se etiqueta como "Machine led". Contenido liderado por una máquina. El humano hace comprobaciones, destaca y corrige errores. Esquema basado en la Dubai Future Foundation. "Human-Machine Collaboration (HMC) Icons." Dubai Future Foundation, dubaifuture.ae/hmc].

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El autor

Bernardo Crespo

Advisor C-suite en IA, datos y estrategia. CEO de Quantum Markethink y Director Académico en IE. Ayuda a comités de dirección a decidir con criterio en la era de la IA.

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